Entre el control y el cuidado: una mirada sociológica sobre las instituciones policiales y penitenciarias desde Eleonora Faur, Gabriel Kessler y Emile Durkheim
Introducción
En las sociedades contemporáneas, la seguridad pública suele ser interpretada como una de las principales responsabilidades del Estado. Policía y servicio penitenciario aparecen como instituciones centrales en la construcción del orden social, la prevención del delito y la administración de las consecuencias del conflicto penal. Sin embargo, una pregunta resulta necesaria desde una perspectiva sociológica: ¿estas instituciones fueron creadas bajo una lógica del cuidado o bajo una lógica de control?
El presente artículo sostiene que las instituciones policiales y penitenciarias no pueden ser comprendidas originalmente como políticas de cuidado, aunque en la actualidad incorporen prácticas vinculadas con la protección de derechos, la asistencia y el acompañamiento comunitario. Su origen histórico se encuentra asociado a la regulación del orden social, el ejercicio legítimo de la fuerza estatal y la administración de poblaciones consideradas conflictivas o vulnerables.
Desde los aportes de Eleonor Faur, Gabriel Kessler y Émile Durkheim se propone analizar la diferencia entre cuidar, como una construcción política y social orientada al bienestar, y controlar, como una función estatal destinada a garantizar normas, límites y cohesión social.
El cuidado como construcción política y social
Eleonor Faur (2014), plantea que el cuidado no debe entenderse solamente como una acción individual o familiar, sino como una dimensión política relacionada con la organización social del bienestar. Cuidar implica reconocer necesidades, garantizar derechos y construir responsabilidades compartidas entre Estado, comunidad y otros actores sociales. Desde esta perspectiva, una política de cuidado supone una lógica basada en la atención integral de las personas, la prevención de daños, la promoción de autonomía y la reducción de desigualdades.
Cuando se observa la función histórica de las instituciones policiales y penitenciarias, aparece una diferencia fundamental: estas organizaciones no fueron estructuradas originalmente para producir bienestar social, sino para responder a problemas vinculados con el orden, la seguridad y la conflictividad.
La policía nace como una institución encargada de proteger el orden público mediante la autoridad estatal, mientras que el sistema penitenciario surge como mecanismo de ejecución de penas y administración del encierro. Ambas poseen una relación directa con el conflicto social y con la necesidad del Estado de establecer límites. Por eso, afirmar que policía y penitenciario realizan una política de cuidado puede generar una confusión conceptual. El cuidado puede estar presente en sus prácticas, pero no constituye necesariamente su naturaleza institucional.
La lógica policial y la tensión entre cuidado y control
Faur (2014), analiza precisamente esta tensión al estudiar cómo en determinados contextos la idea de que la policía “cuida” puede entrar en conflicto con la tradición institucional del control y la vigilancia. La institución policial posee una herramienta particular que la diferencia de otras políticas públicas: la posibilidad del uso legítimo de la fuerza. Esa característica define su identidad profesional y establece una relación específica con la ciudadanía. El policía puede proteger, auxiliar y asistir, pero su función central continúa vinculada al mantenimiento del orden público y a la intervención frente a situaciones donde existen conflictos, delitos o amenazas.
De igual manera, el funcionario penitenciario desarrolla tareas relacionadas con la custodia, seguridad y tratamiento de personas privadas de libertad. Puede promover procesos de reinserción, acompañamiento y respeto de derechos humanos, pero su escenario institucional está construido alrededor de una medida restrictiva: la privación de libertad. Por lo tanto, ambas instituciones pueden desarrollar acciones de cuidado, pero no son originalmente una política social de cuidado.
Kessler: inseguridad, temor y demanda social de protección
Gabriel Kessler (2009), permite comprender otro aspecto central: la seguridad no solamente es un problema objetivo relacionado con delitos, sino también una construcción social vinculada con percepciones, miedos y demandas ciudadanas.
El sentimiento de inseguridad produce expectativas sobre el Estado y particularmente sobre sus agencias de seguridad. La sociedad espera respuestas rápidas frente al delito, pero muchas veces deposita en la policía responsabilidades que exceden su capacidad institucional. La demanda social puede transformar a la policía en una institución a la que se le exige resolver problemas sociales complejos: violencia familiar, consumo problemático, conflictos juveniles, exclusión social o crisis comunitarias. Sin embargo, muchos de estos fenómenos requieren políticas integrales de cuidado donde intervengan áreas sociales, educativas, sanitarias y comunitarias. Desde esta mirada, existe un riesgo: pensar que más presencia policial equivale automáticamente a más cuidado. La seguridad y el cuidado se relacionan, pero no son conceptos equivalentes. Una política de seguridad puede incluir cuidado ciudadano, pero no reemplaza las políticas sociales necesarias para atender las causas profundas de los conflictos.
Durkheim y la función de las instituciones de seguridad
Émile Durkheim (2001), permite comprender la función de estas instituciones desde la idea de cohesión social. Para el autor, la sociedad necesita normas, valores compartidos y mecanismos que permitan mantener la integración colectiva. El delito, desde esta perspectiva, no solamente representa una conducta individual, sino también una ruptura con las reglas sociales establecidas. La respuesta institucional frente al delito cumple una función simbólica: reafirma los límites de aquello que una sociedad considera aceptable. Desde esta mirada, policía y sistema penitenciario cumplen una función fundamental para la sociedad porque representan la presencia del Estado frente a la transgresión normativa. Pero esa función es diferente a la lógica del cuidado. Mientras el cuidado busca atender necesidades y garantizar bienestar, la función policial y penitenciaria se relaciona principalmente con sostener la regulación social, administrar conflictos y proteger el orden colectivo. Ambas dimensiones pueden encontrarse, pero responden a racionalidades diferentes.
Hacia una nueva interpretación: instituciones de seguridad con perspectiva de cuidado
Reconocer que policía y penitenciario no nacieron como políticas de cuidado no significa negar la posibilidad de una transformación institucional.
En las democracias contemporáneas, las fuerzas de seguridad enfrentan el desafío de incorporar una perspectiva ciudadana, comunitaria y respetuosa de los derechos humanos. Una policía moderna no puede limitarse al control represivo. Necesita comprender los problemas sociales que atraviesan los territorios donde interviene. Del mismo modo, un servicio penitenciario actual no puede reducirse exclusivamente a la custodia, sino que debe incorporar herramientas vinculadas con la reinserción social y el respeto de la dignidad humana. El desafío consiste en construir instituciones capaces de combinar autoridad estatal con sensibilidad social. No se trata de convertir a policías o penitenciarios en trabajadores sociales, sino de comprender que la seguridad democrática requiere una mirada más amplia sobre las personas y los conflictos.
Conclusión
La policía y el servicio penitenciario no fueron concebidos históricamente como políticas de cuidado. Su origen institucional responde a la necesidad del Estado de garantizar orden, seguridad y cumplimiento de normas. Sin embargo, la evolución democrática de estas instituciones exige incorporar dimensiones vinculadas al cuidado ciudadano, la prevención y la protección de derechos. Como señala Eleonora Faur, el cuidado constituye una construcción política y social que requiere organización institucional y responsabilidad colectiva. Gabriel Kessler demuestra que la inseguridad también es una experiencia social atravesada por percepciones y demandas, mientras que Emile Durkheim permite comprender que las instituciones de control cumplen una función esencial en la cohesión de la sociedad. El desafío contemporáneo no es reemplazar la lógica de seguridad por la lógica del cuidado, sino construir una seguridad pública capaz de comprender que proteger a la sociedad también implica reconocer las necesidades humanas que existen detrás de los conflictos.
Bibliografía
- Durkheim, É. (2001). La división del trabajo social. Madrid: Akal.
- Faur, E. (2014). El cuidado infantil en el siglo XXI: Mujeres malabaristas en una sociedad desigual. Buenos Aires: Siglo XXI.
- Faur, E., & Pita, M. V. (2021). Lógica policial o ética del cuidado: las múltiples caras del Estado. CONICET Digital.
- Kessler, G. (2009). El sentimiento de inseguridad: Sociología del temor al delito. Buenos Aires: Siglo XXI

